martes, 23 de agosto de 2016

De Youtubers y “fenómenos editoriales”: la crítica en los tiempos de la literatura web


Es hora.

Como cada año y cacho, ha llegado el momento de husmear en las catacumbas, revolcarse en el lodo, buscarle el fondo al barril, etcétera, en fin, ha llegado el momento de bajar al averno y tomar un paseo muy distinto de aquél que Dante diera al lado de Virgilio; es hora de desempolvar el bisturí para diseccionar párrafos, el martillo para masacrar ideologías y la bayoneta para destripar a distancia a los comentaristas enojados porque alguien hizo tambalear a su Baal dorado de temporada. Es hora de sembrar terror en los campos, de cuestionar a los incuestionables del relativismo, de tomar al toro por los cuernos y pronunciar las palabras prohibidas a la crítica ramplona de este siglo, que o se encierra en la segura academia o se disuelve en el mercantilismo. Pronunciémoslas ahora, en coro, como la conjura oculta de un ritual sangriento y olvidado —¡venga!: “ESE LIBRO ES MALO”.

Lo primero que han de saber este año es que nos costó un poco más de trabajo elegir el tema. Coelho, Moccia e E.L. James —nuestros objetivos primarios en años pasados— son, sinceramente, blancos fáciles: al menos dentro de nuestro público todo mundo sabe lo malos que son, y en unos casos lo han sabido desde hace décadas. Si la reputación de estos personajes es vox populi a nivel global, es precisamente porque son hoy en día los primeros nombres en los que uno piensa cuando surge la idea del bestseller pernicioso. ¿Pero qué pasa cuando esos nombres omnipresentes se agotan? Digo, no hemos reseñado todos los libros de Moccia o de Coelho, pero la verdad es que, siendo ellos autores cuya mayor virtud comercial es tener perfeccionada la repetición de una fórmula, no existe la necesidad de un estudio reiterado y a fondo de cada una de sus obras: más bien, cada una de sus obras tiende a ser una expresión tan válida como cualquier otra del macrocosmos repetitivo y estancado del escritor. Si variaran en algo su fórmula, perderían público, y eso equivaldría a diez muertes para ellos y (sobre todo)  para sus casas editoriales.

martes, 12 de julio de 2016

Obra abierta

-Opera aperta
-Umberto Eco [Italia]
-Primera edición: 1962
-Ensayo / Teoría estética

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Nosotros hablaremos de la obra como de una “forma”… Una forma es una obra conseguida: el punto de llegada de una producción y el punto de partida de un consumo que, al articularse, vuelve siempre a dar vida a la forma inicial desde diferentes perspectivas.

El caso de Obra abierta es curioso, incluso dentro de la inacabable bolsita de curiosidades que es el corpus literario dejado atrás por el notable Umberto Eco. Es un libro que, en círculos académicos, se pondera muchísimo, se platica, se parafrasea, se usa como noción, pero al final se lee poco —al menos de cabo a rabo—. Si uno revisa el Goodreads del autor —admitiendo, claro, que Goodreads es un instrumento con muchísimos defectos, pero que sirve como un termómetro de consumo más o menos útil—, ni siquiera figura entre los más leídos de su obra académica, ya no digamos el puñado de monstruos de venta que produjo como novelista. Una de las primeras sorpresas que me llevé al leerlo es que virtualmente todo lo que sabía sobre él, lo cual había extraído de oídas durante mis años de carrera, se encuentra en las primeras cincuenta cuartillas (esto contando desde la introducción a la segunda edición, mucho más larga y detallada que la de la primera). Una segunda sorpresa, que explica en gran parte la primera, es que Obra abierta no es ni por asomo un estudio monográfico ni un análisis episódico 100 por ciento hilado y ceñido a sí mismo; de hecho, para ser una obra que se cita como una de las cumbres del estructuralismo, es notablemente desestructurada.

Lo que tenemos en Obra abierta es más bien, y el autor así lo repite en varios puntos, una colección de ensayos escritos más o menos en el mismo periodo de tiempo, los cuales tratan a muy grandes rasgos sobre ciertas tendencias vanguardistas dentro del arte “contemporáneo” (y lo pongo entre comillas porque no podemos pretender que el arte que era contemporáneo para él en 1962 siga siéndolo para nosotros en el 2016, aunque el debate de cuánto hemos avanzado desde entonces sea, con razón, una guerra campal). Pero si el hilo conductor del libro de Eco es relajado, lo que resulta no es, en virtud de su maestría, ningún desastre, sino una muestra, por turnos apabullante e iluminadora, de la erudición que ya podía presumir a sus 30 años de edad, aproximadamente. Y lo que es mejor, el libro sí termina, de algún modo extraño, quizá por medio de acumulación, urdiendo un argumento efectivo sobre la poética de la obra abierta, la cual, aunque es necesario matizar, aplica a todas las obras y al mismo tiempo a ninguna.

martes, 28 de junio de 2016

El prisma del lenguaje: cómo las palabras colorean el mundo


-Through the Language Glass-How Words Colour Your World (traducción de Manuel Talens)
-Guy Deutscher [Israel]

-Primera edición: 2010
-Historia cultural/Lingüística

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“Hay cuatro lenguas en el mundo que merece la pena utilizar”, dice el Talmud, “el griego para cantar, el latín para guerrear, el siríaco para honrar a los muertos y el hebreo para hablar”. Otras fuentes se han mostrado igual de tajantes en su veredicto sobre el valor de diversas lenguas. Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano, rey de España, archiduque de Austria y consumado conocedor de varias lenguas europeas, presumía de hablar español con Dios, italiano con las mujeres, francés con los hombres y alemán con su caballo.

En 1858, William Ewart Gladstone, uno de los hombres de Estado más importantes de Gran Bretaña y gran conocedor de la obra de Homero, publicó sus Estudios sobre Homero y la edad homérica, obra de más de mil setecientas páginas en las que se abordan temas varios como la geografía de la Odisea o el sentido homérico de la belleza. Los académicos literarios optaron por verlo como a un niño, un “entusiasta poco lógico”, pero los historiadores y doctos de la cultura no dejaban de verlo como un reverendo lunático, pues en su libro aseguraba que los lugares de la batalla descritos por el poeta no sólo eran reales, sino rastreables. Recordemos que aún faltaban quince años para que Heinrich Schliemann desenterrara los restos de Troya e hiciera ver mal a todos, así que las anotaciones de Gladstone fueron comidilla de unos cuantos y casi pasaron al olvido. Digo casi porque entre ellas había un corto capítulo, casi al final y casi innecesario, en el que el hombre observaba que los griegos veían menos colores que nosotros, y que a eso se debe que el mar de Homero sea color violeta, las ovejas lilas, la miel verde y el cielo negro. Estas observaciones no podían justificarse como una licencia poética o un error de traducción, sino que era literal. Por ejemplo, la palabra ioesis, nombre de la flor “violeta”, es la fiel acompañante de la palabra mar en todo momento: ioeidea ponton. Para explicarse este extraño fenómeno del uso del color, y siguiendo la moda darwiniana de ese momento, Gladstone argumentaba que nuestra percepción de los colores había evolucionado (“se había educado”) a lo largo de los años: los griegos distinguían luces brillantes y algunos colores cercanos a la escala de grises, mientras que nosotros ya habíamos llegado al tecnicolor. 

Aunque ahora sabemos que la evolución es una cuestión de millones y no de miles de años, las  observaciones de Gladstone eran atinadas, y quienes no estaban muy ocupados riéndose de él decidieron buscar una explicación convincente, pues no era sólo el lenguaje homérico el que parecía anómalo. Claro, sólo tardaron veinte años en ponerse a buscar, pero los paulatinos descubrimientos sobre la naturaleza del color que se fueron haciendo demostraron que algo tan básico como las descripciones de lo que vemos está sujeto a los parámetros de cada lengua, y que las divisiones que se hacen del espacio cromático no son tan transparentes y universales como podríamos pensar. En español dividimos el espacio cromático en amarillo, verde y azul, y nos parece tan normal como es normal que el bellonés lo divida en blanco, negro y rojo. ¿Esto quiere decir que la lengua  refleja las leyes de la naturaleza o sólo es producto de cada cultura? La realidad es que los griegos veían los mismos colores que nosotros, pero su división del espacio cromático estaba limitada al lenguaje del que disponían en ese momento por su naturaleza cultural. 

domingo, 29 de mayo de 2016

Historia de la identificación de las personas

-Histoire de l’identification des personnes
-Ilsen About y Vincent Denis [FRA]
-Primera edición: 2010
-Historia cultural / Microhistoria

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Cuando somos pequeños y comenzamos a llevar clases de historia, todo es descubrimiento. Resulta extraño de considerar, pero hubo un momento en la vida de cada uno de nosotros en el que Moctezuma, Cortés, Hidalgo, Morelos y Juárez (y los menciono a ellos porque es la historia de México la que uno toca primero en el salón de clases)[1] sólo eran rostros en una monografía o nombres resaltados con negritas en un libro de la SEP. Durante tal etapa, el primer impulso es el de memorizar nombres y fechas, lo cual, si bien mecánico y antianalítico, es perfectamente entendible. Cuando a uno le piden que cuente “de qué trata” un libro o una película, después de todo, lo más probable es que provea los datos duros de la trama —una especie de sinopsis, si se le quiere ver así— como si comprendiésemos intuitivamente que el núcleo de una narrativa yace, primero, en la información más fría y estructural posible, en el meridiano periodismo del qué, de los quienes, y de tan sólo el más fundamental esbozo de los cómos y los porqués. Los detalles vienen después, indicaría esta lógica.

El problema —porque la superficialidad casi siempre es un problema— es que muchos se quedan allí cuando en realidad eso no es más que el nivel uno. Después de esos primeros años en que nuestras mentes prístinas reciben y se regocijan en la simplicidad del conocimiento puro, vienen otras cosas —para quienes decidan levantar un libro de historia de verdad, claro. Están los textos que siguen los mismos grandes acontecimientos que uno aprende en la escuela (guerras, sobre todo), pero esta vez con un lujo de detalle enriquecedor o con una perspectiva ideológica reveladora. Y también está otra forma de escribir historia: buscando ya no el acumulamiento de información sobre los “puntos importantes” de la gran trama histórica, sino el redescubrimiento, por parte del lector, de su propia condición como sujeto de infinitos procesos mínimos, los cuales hemos aprendido, a través de los siglos, a ver como la simple naturaleza de las cosas. En sus bolsillos probablemente haya una tarjeta electoral, ¿no? ¿Pero qué es eso, cuando uno lo piensa bien? ¿Qué hace allí? Y todavía peor, ¿quién la puso allí? En muchos sentidos, la historia del hombre moderno es la historia de la burocracia, de los trámites, del papel y el sello como modo de probar que uno existe, del sujeto condicionado y justificado por la tinta y la grafía. El libro de About y Denis es una breve y económica historia de cómo es que llegamos aquí, cómo es que decidimos que dejarnos identificar, vigilar y reconocer en todo momento era una buena idea.