Marguerite Yourcenar no ganó el Premio Nobel.
La noticia no es nueva, pero igual es sorprendente. Pocos la mencionan cuando
se habla de la larguísima lista de autores que la Academia decidió ignorar, pero
no deja de ser escandaloso que la responsable de Memorias de Adriano no recibiera semejante honor. Para los
estándares de la época, tenía a su favor descender de una buena familia
aristócrata, un corpus literario sólido y haber destacado por mucho tiempo en
el campo de la traducción, llevando al francés Las olas de Virginia Woolf y obras del poeta Cavafis. En su contra
estaba su género, pero también su vida amorosa: por cuarenta años vivió en
completa dicha, sin ocultarlo de nadie, con otra mujer, Grace Frick. Puede que
esto último fuese decisivo para dejarla estancada en la posición de “candidata”
y nunca “ganadora”, o tal vez el comité no imaginó que alguien dedicado a hablar
del pasado tuviese algún futuro en el canon literario. Lo cierto es que la obra
de Yourcenar sobrevivió muy bien sin la publicidad del aclamado premio y eso es
lo mejor de todo. Sus libros nos llaman no por una obligación de seguir la
lista de ganadores anuales, sino por una admiración general, nacida de sus
lectores, que se comparte en librerías y foros de lectura y que no puede
entenderse de otra forma que no sea leyéndola. Nadie le regaló a esta autora su
lugar en la Academia Francesa ni su derecho de figurar entre las mejores del
siglo XX, todo lo construyó ella, poco a poco, con los labios fruncidos y la
frente en alto.
Conocer bien las cosas es
liberarse de ellas.
La sabiduría popular dicta que las creaciones
más brillantes nacen de las situaciones más oscuras, y nadie mejor para
ejemplificar esto que Marguerite Cleenewerck de Crayencou. Cubierta por la fortuna
de su familia aristócrata, a la novelista belga nunca terminó por cobijarla la fútil
felicidad que brinda el dinero. La pérdida y los secretos fueron una constante
en su vida, aunque, como bien señala Lourdes Ventura, fueron muchos sus
esfuerzos por limpiar su propio rastro biográfico. Su madre, Fernande de Cartier de Marchienn,
murió pocos días después del parto, dejando a la niña sola con su padre, un
hombre de 50 años llamado Michel-René Cleenewerck de Crayencour. Siendo el
principio de 1900, Marguerite gozó de una educación que sólo estaba reservada a
los hombres privilegiados, pues fue criada en casa bajo el halo protector de
su padre, quien le compartía sus propios conocimientos e intereses y le dio
acceso a las obras griegas clásicas y a escritores europeos de la época. Cuando
su hija expresó su interés por convertirse en escritora, Cleenewerck la alentó
a perseguir su sueño ayudándola a publicar sus primeros dos poemarios: El jardín de las quimeras (1921) y Los dioses no han muerto (1922). Siendo
además un hombre de espíritu caprichoso, los viajes y la exploración fueron una
parte importante del itinerario de ambos, con lo cual terminó por cultivarse
una mente curiosa e insaciable, capaz de observar lo minúsculo de su propia
existencia en el gran marco del tiempo y así dar voz a quienes recorrieron sus
pasos cientos de años antes que ella.
Cambió su nombre de Crayencour a Yourcenar, probablemente
en un intento por desligarse de su pasado aristócrata y alcanzar así su ideal
de perfección, estrechamente relacionado con la libertad de automodelarse según
las propias experiencias. Su primera novela, Alexis o el tratado del inútil combate (1929), fue publicada poco después
de la muerte de su padre, y en ella ejercita por primera vez la escritura
epistolar, misma que la llevaría al éxito mundial con la publicación de Memorias de Adriano veinte años después. La distancia que separa ambas obras es amplia
en el terreno del tiempo, pero breve en el marco de la temática. Tanto en Alexis como en Memorias, dos hombres confiesan que han amado en secreto a alguien
de su mismo sexo, y han silenciado sus pasiones y deseos más humanos por un
bien mayor. Los biógrafos apuntan al matrimonio Vietinghoff, amigos personales
de la madre de Yourcenar, para encontrar a la fuente de inspiración de Alexis, pero el instinto de confesión y
deseo de liberación que se expresan en esta obra van mucho más allá de la
referencia al barón Conrad von Vietinghoff, y dejan ver el propio infierno que
la joven escritora enfrentaba. En una época donde la sexualidad estaba
fuertemente reprimida, Yourcenar vivía la incertidumbre de sus propios deseos:
había amado hombres, pero también algunas mujeres, y esto último no podía vivirlo
con la libertad que hubiese deseado. Su pasión y sensualidad, ocultas del ojo
público, fueron proyectadas abiertamente en obras como Fuegos (1935), donde substituye relatos basados en mitos clásicos
con algunos fragmentos sobre la pasión amorosa.
El tiempo no cuenta.
Siempre me sorprende que mis contemporáneos, que creen haber conquistado y
transformado el espacio, ignoren que la distancia de los siglos puede reducirse
a nuestro antojo.

Marguerite falleció en 1987, víctima de un
ataque cardiaco (mismo órgano que alguna vez terminara con la vida de Adriano). Poco nos dejó dicho sobre ella, aunque tres volúmenes
dedicados a su pasado familiar vieron la luz entre 1973 y 1988. No es sino
hasta el final de esta trilogía, conocida como El laberinto del mundo, que alcanzamos a conocer un poco de su
infancia y juventud, apenas suficiente para hacer conjeturas y escribir
semblanzas. La casa que compartió con Grace, ubicada en Maine, puede ser visitada en verano y sus documentos están disponibles para consulta en la Universidad de
Harvard, pero nada de eso es suficiente para hacerse una idea de su
presencia. Sus libros parecen ser el único medio para alcanzarla de alguna manera,
sin importar si sólo se ha leído uno o la obra completa. En lo personal, creo
que estos me devoraron las entrañas. Creo que me golpearon con la fuerza de una
locomotora y que nunca podré explicar el impacto que tuvo y tiene en mi vida.
Me siento menos confiada de mi existencia después de haberla leído, más
vulnerable al tiempo y a los cambios, más consciente de mis errores y mi futura
desaparición. Y, a su vez, más feliz de estar aquí, de ser parte de algo, de
una cadena humana que lleva miles y miles de años de formación y que continuará
funcionando cuando yo no siga aquí y haya sido olvidada hace mucho. Lo dije al
principio y lo repito ahora: su obra sobrevivió. Sobrevivió a los incrédulos
que no veían provecho alguno en la novela histórica; sobrevivió a quienes ven
en el ahora el único momento que importa y niegan la grandeza de aquello que
existió antes que ellos; sobrevivió al
desinterés del público lector, quien avanza cegado por la siguiente novedad
tecnológica y se avergüenza de los momentos más primitivos de su evolución
cultural; sobrevivió a prejuicios, censuras y persecuciones. Sobrevivió y nos espera a
nosotros, llena de pasajes que no pueden explicarse en una sola lectura y
momentos críticos donde las motivaciones de un personaje responden a nuestros
propios impulsos o nos hacen negarlos de manera violenta por miedo a nuestra
vileza. Sobrevivió para ponernos en jaque y hacernos volver 18 siglos, 18 años
o 18 minutos, tan sólo para demostrarnos que nuestra estructura humana apenas si
cambia.
Qué aburrido hubiera
sido ser feliz.
Yourcenar es mi escritora favorita, leer su obra ha sido un deslumbramiento, como bien dices, es como ser golpeado por una locomotora, ya que impactó mi vida y le dio un giro a la manera en la que percibo la existencia.
ResponderEliminarHace una semana pase a una de las pocas librerías de ejemplares usados que hay por acá en Cancún, me topé con este libro y ví que la traducción la hizo Cortázar, lo encargue porque no contaba con el dinero suficiente, apenas este fin pase a recogerlo, me entusiasmo mucho, porque la dueña del negocio con alegría me comentó que lo considera un libro maravilloso, no supe que contestar pero por esta reseña comprendo un poco más. Gracias por su tiempo al escribir esto.
ResponderEliminarMemorias de Adriano fue un antes y un después de mi vida de lectora. "Cuentos orientales" es un viaje que pretendo retomar por segunda vez, porque la primera vez que los leí me aturdieron con demasiada gracia que siempre yo que me perdí algo.
ResponderEliminarGracias por el texto.