sábado, 14 de abril de 2012

La novela del tranvía

  • Manuel Gutiérrez Nájera [México]
  • Primera edición: 1887 (¿?)
  • Cuento 

“En la calle la lluvia cae conforme a las eternas reglas del sistema antiguo: de arriba para abajo. Mas en el vagón hay lluvia ascendente y descendente.” 

Es curioso lo pintoresco de esas sencillas líneas, pero aún más curioso me resulta darme cuenta que este es el primer escritor mexicano que incluimos en el Blog. Sí, lo sé, algo vergonzoso. No es que México no tenga grandes escritores, muy por el contrario, cuenta con una amplia gama de artistas de verdad. No aquellos artistas que nos crean fama con telenovelas baratas y que llenan la televisión desde la una de la tarde. Me refiero a una gran selección de pintores, actores, escultores y escritores. Sobre todo, al menos en mi campo, escritores. Como diría mi tía Amparo “hasta un Premio Nobel nos dieron una vez”. Pero la gama no es tan extensa como me gustaría, entre tantas líneas y libros, el nacionalismo se pierde un poco y por más que me duela, muchos autores mexicanos han quedado fuera de mis lecturas. Sin embargo no somos malinchistas, ya le tenemos preparado un mes a Ibargüengoitia, y en lo que tarda en llegar esta fecha, presumiré algo de lo mejor que tenemos los mexicanos: el señor escritor Manuel Gutiérrez Nájera. 

Algo destacable de Nájera es que uno de mis primeros poemas favoritos es suyo, se llama Pax Animae y me sé una buena parte de memoria. Sus letras son difíciles de olvidar, así de sencillo. En mi antología, Florilegio de cuentos, el primer cuento que aparece de él es este, La novela del tranvía; lo leí hace casi tres años y aún lo cito como mi historia preferida. Es pintoresco, así de sencillo. Tiene una trama dulce, casi melódica. Es un extraño don que te hace sentir en el lugar, pero al verdadera magia es que pinta a un México de antaño, un panorama que nos ha sido arrancado entre tráfico y semáforos, pero que no es difícil de imaginar porque lo tenemos frente a nosotros -cubierto de smog-, pero ante nosotros. Son las calles que transitamos todos los días, pintadas con una nostalgia desconocida para Nájera. Creo que aquel hombre nunca imaginó que el tranvía sería remplazado por un enorme gusano naranja llamado metro. Pero igual tiene su encanto, México tiene un encanto que ningún político de tercera le ha podido arrebatar. Es cierto que ya no es, como alguna vez dijo Carlos Fuentes, “La región más transparente” y que su brillo se ha opacado y oxidado. Pero bajo la capa de barro y desgracia en que las crisis y la violencia nos han cubierto, aún encontramos sonrisas en las calles, organilleros en Bellas Artes, vendedores de amarantos y obleas en las esquinas, mariachis en las glorietas y todo aquel esplendor del que nos seguimos formando. 

Por eso me gusta tanto esta historia. Por que se desarrolla en donde menos lo esperas, en un tranvía. Y como ya dije, al tranvía lo remplazo el metro. Todos, al menos una gran cantidad de nosotros, nos hemos transportado en él y es vacilante la opinión respecto a su funcionamiento. Nadie reniega su importancia, eso sí. A mi me encanta viajar en metro, me gusta el arrullo del vagón, me gusta ir leyendo. Claro que la diferencia es sutil entre ir de pie y sentado, en la primera eres aplastado por dieciocho estaciones continuas, mientras que en el segundo sientes un calor asfixiante por dieciocho estaciones continuas. Pero es parte del folklore, es algo nuestro, o al menos así lo veo yo. Al igual que el Cuento soñado, esta historia tiene cinco hojas, pero se desarrolla de una manera más bien dulce. Eso es algo que caracteriza mucho a la poesía mexicana, un sabor dulce que puede llegar a ser empalagoso. Nájera escribe poesía dentro de su prosa, es poeta en todo momento. Lo que logra en este cuento es un viaje por la ciudad de México donde no describe el paisaje, si no a las personas. Dos personas, un hombre y una mujer, han tomado asiento cerca de él, la una tras el otro. Nájera como pasajero describe lo que ve en ellos, sus ropas, sus ademanes. Crea una historia con cada uno y lo hace de una manera tan descarada que sólo puedes reír. 

“Sin embargo, la calvicie de aquella prenda respetable no era prematura, a menos que admitamos la teoría de aquel joven poeta, autor de ciertos versos cuya dedicatoria es como sigue: 

<<A la prematura muerte de mi abuelita, a la edad de noventa años>>” 

Es algo que México aún no pierde –al menos no del todo– el humor. Y es con este humor con que nuestro narrador se apiada del alma del hombre con un remiendo en la rodilla y condena la de la mujer con los labios rojos y violentos. Es con ese humor con el que nos guía en cinco sencillas hojas por su vida y por la lluvia que arrecia en al ciudad. Incluso las costumbres y las creencias de México se ven retratadas en un par de líneas. La tristeza de la pobreza, la vergüenza del adulterio. Temas que conocemos a fuerza de oírlos cada día y que nunca nos atrevemos a plasmar en nuestro vecino del asiento contiguo. La verdad, es un juego muy divertido. Crearle una historia a la mujer de la chaqueta verde sentada a la esquina, convertir en pirata al trabajador dormido en el reservado. Eso es lo que me dejó este cuento, una sonrisa y un juego. El sentimiento de que México no ha dejado de ser bello, la idea de su inmensidad que se extiende por los cuatro puntos cardinales, el ruido del tranvía ahora convertido en metro. Un aroma a lluvia también. Y una línea que me gusta mucho: 

“Hay besos que se empiezan en la tierra y se acaban en el infierno.”



Disponible como parte de Florilegio de cuentos en múltiples ediciones, y el texto es del dominio público.

1 comentario:

  1. Interesante hacer una retrospectiva al pasado, siempre añoraré esas viejas calles, y es genial cuando un Escritor o en mi caso un pintor refleja y te hace volver de alguna manera. Generalmente en el metro siempre vez de todo, puedes hacer mil historias sobre cada personas, ¿Que sucedería si los vagones hablaran? estoy seguro de que Manuel Gutiérrez Nájera los escuchó.

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