jueves, 31 de octubre de 2013

El proceso



·  Der Prozess

·  Franz Kafka [Rep. Checa (antes Imperio Austro-Húngaro)]

·  Primera edición: 1925

·  Novela

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“No hay errores. Los que nos mandan, por lo que he visto hasta ahora (y sólo conozco los grados inferiores), no tratan, por así decirlo, de localizar la culpabilidad entre la población, sino que, como dice la ley, se sienten llamados por la culpabilidad y entonces nos envían a nosotros, los guardianes. Ésta es la ley. ¿Dónde cabría el error?” “Es una ley que no conozco”, dijo K. “Tanto peor para usted”, dijo el guardián.


Hay pocas cosas peores para el espíritu humano que ser un simple sujeto. Esto es, el estar amarrado en el extremo receptor de una cadena abusiva, a todas luces injusta pero cuya injusticia es invisible para todos menos para ti. He allí una fuente de horror verdadero, y no es coincidencia que muchas descripciones del infierno en la literatura materialicen esto. ¿Y lo peor? Ni siquiera estoy hablando del libro todavía. Como expone José Saramago en su prólogo a mi edición (no sé cómo llegó él ahí pero no me voy a quejar), la relación de eterno desasosiego e insatisfacción entre el autor y su padre es “la viga maestra de toda la obra kafkiana”. En más de un sentido, fue la figura paterna la que puso a Kafka en posiciones acuciantes, como la de estudiar leyes. Desde las primeras páginas de esta novela u otras obras del checo queda patente que estas leyes —y cualquier tipo de autoridad represora— le causan mucho conflicto. Las ve como inamovibles fortalezas, castillos o hasta laberintos diseñados para que el hombre se pierda en ellos y desfallezca sin haber jamás logrado la libertad.


El proceso, a pesar de haber quedado incompleta, es la expresión más fuerte de estos conflictos en el alma de Kafka, conflictos que se extrapolan al alma del hombre del siglo XX. ¿O no fue este siglo una catarata de destrucción en la que el individuo quedó atrapado bajo el yugo inapelable de sus circunstancias, gimiendo entre las rocas? Pero la terrible injusticia de pelear contra un enemigo que no comprendes, que se niega a hablarte y que es mucho más grande que tú no logra tentar al checo a tomar el camino fácil. La novela triunfa —tanto como se puede triunfar siendo una pesadilla derrotista— porque su protagonista no es un hombre perfecto. Josef K. es un burócrata mediano con momentos de arrogancia un tanto irritantes. Su circular e infructuoso tránsito por el laberinto de autoridad en el que se ve inmerso es tan patético que a uno le cuesta mucho trabajo llamarle héroe.  Es más bien un pobre diablo como cualquiera de nosotros. Y si así lo es, ¿serán sus terribles circunstancias, en realidad, las mismas que enfrentamos todos?

 “[…] Te consideran culpable. Es posible que tu proceso no pase de un tribunal inferior. Al menos por el momento consideran probada tu culpabilidad.”

“Pero yo no soy culpable”, dijo K. “Es un error. ¿Cómo demostrar la culpabilidad de una persona? Aquí todos somos seres humanos, tanto los unos como los otros.”

“Es cierto”, dijo el sacerdote. “Pero así suelen hablar los culpables.”


En la mañana de su cumpleaños número 30, Josef K. es arrestado por un par de agentes misteriosos. Desde entonces el gris e irrelevante empleado bancario se ve envuelto en un juicio extraño, en el que la ley asume su culpabilidad de un crimen que nunca le revelan. Interrogatorios, conversaciones parabólicas con empleados que dicen saber algo de la ley y nunca lo demuestran, los pasillos interminables del tribunal, más interrogatorios. Un pintor le asegura a K. que el tribunal es inaccesible a toda la evidencia que se presente ante él, y que sólo puede ser influenciado por chismes externos. Su tío le dice que piense en la mancilla que recibirá el honor familiar al verse inmiscuido en un proceso criminal. El sacerdote le recita la trama de Ante la ley  y le insta a que acepte su destino. El abogado no le dice nada. El juez no existe. Para colmo de males, Kafka no era un escritor muy ordenado que digamos, y dejó capítulos puntales incompletos, además de pedacitos de la narrativa desperdigados por donde quiera.


El proceso no es un libro de terror; no era esa su intención y no lo argüiré. No hay vampiros, no hay zombies, no hay ningún tipo de bestia sobrenatural. Sin embargo, mucho horror aquí surge de lo grotesco y lo absurdo. Cuando K. recita un discurso en defensa propia ante el tribunal y la mitad de la tribuna ríe mientras los otros permanecen inmóviles, o bien unas páginas después, cuando una pareja tiene sexo enfrente de él sin contemplaciones mientras su discurso sigue, es difícil no hacer una mueca. Las cosas que suceden en el libro son cosas que pasan en la vida real, no fantasías, pero están dislocadas de su espacio y tiempo usuales. Las acciones de los personajes y las instancias legales están volteadas de cabeza, fuera de lugar, lo cual deja al lector tan atolondrado como el protagonista. Casi podríamos hablar de una comedia de errores si no fuera por la oscuridad inagotable que brota de la pluma de Kafka: las parábolas místicas, los extraños personajes alegóricos, los largos pasajes de deliberación filosófica que no llegan a nada porque no hay nada a qué llegar.


No les recomiendo que lean este libro en específico si lo que buscan es un simple susto. Para eso ya hemos dado opciones que tocan el horror de forma bastante decorosa, hasta excelente. Kafka juega en otra liga. Creo yo que todo nace de la intención. Lovecraft, Poe, Quiroga, todos los maestros del género sabían que su meta estaba dentro del territorio del espanto. Kafka no. Hay un dejo de cotidianeidad en sus textos, una falta de reacción ante los absurdos del mundo, que me hacen pensar que el autor sólo buscaba describir cómo se sentía. Sin más. Kafka es divertido y atemorizante sólo si se lee con atención y paciencia, porque sus historias parecieran anestesiadas —puestas bajo una espesa capa de ennui y desencanto—, y esto lleva a muchos lectores al “me aburre” o el “no entiendo”. No sucumban. Al menos en El proceso no hay mucho qué entender, porque se niega a ser entendido, y ahí yace una sublime veta de terror. ¿O acaso no nos sentimos muchas veces encerrados, atrapados, como ratas de laboratorio, yendo de un lado a otro, simplemente siguiendo los designios de poderes mayores que no razonan con nosotros? ¿No buscamos siempre, o casi siempre, salir de eso y buscar un significado mayor para la vida? Pues bien, Kafka dice que no hay tal. Sólo hay una vida gris y una muerte anónima. Y lo hace con una sonrisa burlona, no tan absurda, en los labios.


¿Quedaban objeciones que habían olvidado? Seguro que quedaba alguna. La lógica es ciertamente inconmovible, pero a una persona que quiere vivir no le opone resistencia. ¿Dónde estaba el juez que no había visto nunca? ¿Dónde estaba el alto tribunal al que nunca había llegado?

Múltiples ediciones, múltiples precios.

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