viernes, 29 de abril de 2016

Ciudad de cristal

- City of Glass
- Paul Auster [EE.UU.]
- Primera edición: 1985
- Novela

⋆⋆⋆⋆1/2

Siempre había imaginado que la clave para hacer un buen trabajo como detective era una atenta observación de los detalles. Cuanto más preciso fuera el escrutinio, mejores serían los resultados. La consecuencia era que el comportamiento humano podía comprenderse, que debajo de la infinita fachada de los gestos, los tics y los silencios, había una coherencia, un orden, una motivación. Pero después de esforzarse en asimilar todos aquellos efectos superficiales, Quinn no se sentía más próximo a Stillman que cuando empezó a seguirle. Había vivido la vida de Stillman, caminado a su paso, visto lo que él veía, y la única cosa que percibía ahora era la impenetrabilidad del hombre.

Según nota el prominente e infravalorado escritor estadounidense John Barth en su ensayo “The Literature of Replenishment”, la literatura escrita lleva unos 4000 años de existencia, pero nosotros no podemos saber lo que esa edad le significa o cuánto pesa sobre sus hombros. En otras palabras, esa maña que tenemos los críticos de “matar” a la literatura en diversos modos (y aquí me incluyo porque quien me conoce sabe que soy una maraña de fatalismo) está basada en una percepción intangible y arrogante de nuestra propia importancia en el esquema cósmico de la cultura humana dentro el tiempo. En realidad sabemos muy poco. De los textos escritos en el pasado distante muchas veces nos quedan sólo reportes o fragmentos —eso si bien nos va—. Y peor aún: si pudiéramos acceder por medio de algún milagro borgiano a cada texto literario creado desde el albor de la escritura, ello no nos ayudaría en nada a la hora de imaginar los textos del futuro distante, o incluso los textos del fin de los tiempos. La literatura, a pesar de ser amante de nuestra especie por más de 40 siglos, aún no ha revelado muchos de sus secretos, y lo más probable es que, si algún día lo hace, nuestros ojos no lleguen a verlo. No sabemos en qué caverna se encendió su llama, y menos todavía del soplo que habrá de extinguirla. Lo único que conocemos a este respecto es que agoreros siempre ha habido, que la angustia por sentir cercano el fin de la originalidad no es nueva. De hecho, uno de los textos literarios más antiguos que conservamos, atribuido al escriba egipcio Jajeperrensenb, ya reza: “Ojalá dispusiera de frases no conocidas, de expresiones extrañas en algún nuevo lenguaje jamás empleado antes, libre de repeticiones, de palabras rancias ya desgastadas por los antepasados”.

Bueno, ¿y esto qué? Pues Barth también apunta que, si bien “matar” a la literatura quizá sea prematuro, su permanencia como medio vigente no está asegurada, y depende de la capacidad que tengamos de renovarla. Si el realismo está “agotado”, si los experimentos en subjetividad llevados a cabo por los modernistas llegaron ya a su conclusión lógica, ¿entonces qué queda? La renovación, según Barth, consistirá[i] en nuestra comprensión de que algunos de los modos de escribir literatura con que contamos están exhaustos, pero aún son capaces de inspirar trabajo original si uno usa ese agotamiento de la forma para reflexionar sobre las convenciones de la escritura, y reconfigurarla a aprtir de dicha reflexión. En el caso de Ciudad de cristal, todo comienza con la consideración, con ojos nuevos, de la novela detectivesca. Las narrativas sobre el crimen y su resolución han sido popular objeto de análisis en la teoría literaria moderna, pues sus lineamientos rígidos y bien definidos las hacen ejemplos inmejorables cuando uno habla de estructura temporal y trama. Misterio, pistas, pistas falsas, epifanía, resolución. Simple (si bien no sencillo). Explorado y hecho millones de veces. Quizás, de acuerdo con Barth, exhausto. ¿Pero qué pasa si se ve a ese modo de hacer literatura de manera renovada? En específico, ¿qué pasa si uno toma los componentes estructurales de la novela detectivesca, pero rechaza los motivos usuales para el crimen que la inicia —la pasión, el dinero, etc.— y los reemplaza con una indagación filosófica extrema sobre Dios y el origen del lenguaje? ¿Qué pasa cuando el misterio conduce al detective, más que a los bajos mundos de la carne o la sofisticada guarida del supervillano, hacia las más desconcertantes esferas de la literatura misma, de la metafísica, y hacia el enigma eterno de su propia identidad humana? He allí Ciudad de cristal: el género literario volteado contra sí mismo, implotando, y por ende renovándose ante nuestros ojos.

Quinn se paró a considerar esto. ¿Era «destino» realmente la palabra que quería usar? Parecía una elección demasiado fuerte y anticuada. Y sin embargo, cuando la examinó más a fondo, descubrió que era precisamente lo que quería decir. O, si no precisamente, se acercaba más que ningún otro término que se le ocurriera. Destino en el sentido de lo que era, de lo que resultaba ser. Era algo parecido al sujeto tácito de la frase «está lloviendo» o «es de noche».  Quinn nunca había sabido a qué se refería ese «ser» o «estar».

Ciudad de cristal es la historia de Daniel Quinn, escritor decepcionado, quien cierta noche recibe una llamada telefónica de apariencia urgente. El problema es que no lo están buscando a él, sino a un detective de nombre… Paul Auster. Ahora, no sé ustedes, pero cuando a mí me llama alguien que busca a otra persona, no me meto. A diferencia de Quinn, yo no escribo novelas de detectives, claro. ¿Aburrimiento? ¿Destino? Lo que sea, el caso es que Quinn termina por pretender que en verdad es este dichoso detective Auster, y se involucra en el caso de un tal Peter Stillman, quien dice que su padre, del mismo nombre, ha sido liberado de un internamiento psiquiátrico y ahora viene a matarlo.

Mas la cosa no es que lo diga, sino cómo lo dice. El discurso de Peter Stillman Jr., del cual tanto Quinn como el lector tienen que discernir la naturaleza del crimen, no es ni lineal ni tan siquiera coherente en el sentido convencional: “Soy Peter Stillman. Digo esto libremente. Sí. Ése no es mi verdadero nombre. No. Por supuesto, mi mente no es todo lo que debiera ser. Pero nada se puede hacer respecto a eso. No. Respecto a eso. No, no. Ya no”. El discurso fragmentario de Stillman se debe al abuso del que fue víctima, a manos de su padre, en la infancia. Si en Quinn ya tenemos una subversión del género detectivesco, en cuanto a que es sólo un escritor pretendiendo ser detective, el crimen de Stillman Sr. también le cambia la cara a las convenciones de la escritura, pues sus motivaciones no son pasionales ni monetarias, sino filosóficas y lingüísticas, y por tanto sus consecuencias son lo mismo. Bordeando por la periferia de la trama, que no quiero arruinar, puedo adelantarles un poco sobre la naturaleza del crimen: piensen en la historia de la Torre de Babel. Ahora piensen sobre ella un poco más. Verán, hay una implicación oculta en que Dios decidiera esparcir las conciencias de los hombres en millares de idiomas: la existencia del idioma Uno, el idioma original. Si tuviésemos acceso a ese idioma, endémico a la humanidad desde nuestra creación, lo más lógico sería que recobrásemos el poder de comunicarnos con lo divino. ¿Pero cómo recuperar el acceso? ¿Cómo descontaminar —desaculturar— la mente de alguien?

Bueno, pues el crimen con el que Stillman Sr. busca lograr esta hazaña, apasionante como es, tan sólo compone el pasado de Ciudad de cristal. En el presente, Quinn se da a la tarea de seguirle la pista a este académico desquiciado, de averiguar qué trama ahora que se encuentra en libertad de nuevo, mas se encuentra con una pared infranqueable, y que termina por derruir todavía más las apaleadas murallas del género detectivesco: las acciones del sospechoso no tienen sentido aparente. Stillman Sr. no deja pistas ni falsas ni verdaderas, y parece dedicar sus días a perder el tiempo de manera deliberada antes de desaparecer inusitadamente. Ciudad de cristal es parte de un ciclo conocido como La trilogía de Nueva York, y si algo distingue a las tres obras,[ii] además de la ciudad y el uso torcido de la estructura detectivesca, es el escalamiento paradójico de la tensión por medio de la inacción. Los personajes en estas tres obras caen en situaciones de congelamiento, de parálisis; quedan atrapados en la red metafísica que Auster les teje; persiguen fantasmas; se encuentran con sus dobles, o los dobles de alguien más, y no saben qué hacer o a quién seguir; observan con obsesión al apartamento de enfrente, donde nunca sucede nada; y poco a poco, por efecto de esta inacción, terminan por perder su conexión con sus vidas anteriores. Se deshacen de su dinero, de sus familias, de sus expectativas, y finalmente se dirigen hacia la nada como Quijotes (y aquí vale la pena pensar en las iniciales de Daniel Quinn…) que hubieran leído a Derrida en vez del Amadís. La literatura detectivesca, normalmente campo fértil para los arquetipos —el villano, el antihéroe, el mentor, la seductora—, queda en Auster reducida (¿o expandida?) a un área de difusa ambigüedad en donde ni siquiera la existencia de los seres como tales es definitiva.

Cerremos en términos más mundanos. ¿Deben leer Ciudad de cristal? Sí, y de hecho diría que deben leer toda la Trilogía de Nueva York cuando tengan tiempo (que no les asuste el nombre “Trilogía”, son alrededor de 300 páginas en total). La prosa de Auster es fluida, erudita, disfrutable, y culmina cada pocas páginas en momentos de soberbia lucidez ante lo abstracto. Piensen en Murakami con mejor pluma y una trama más definida, pero también con algo de la obsesión libresca de Borges, esa noción de la intertextualidad como laberinto infinito, monstruoso, irresistible. Pero tampoco puedo decir que sea un libro que cualquiera pueda apreciar en cualquier momento de su andar literario, precisamente porque es, ante todo, un trabajo de metaliteratura que se precia de referenciar libros uno tras otro, de manera tanto explícita como oculta, y sin importar que el libro en cuestión exista o no. Yo diría que hay tres pilares con los que uno debe familiarizase para poder amar Ciudad de cristal como se merece, y estos son, en orden de importancia: 1) la estética noir de lo detectivesco surgida tanto en cine como en las novelas de Raymond Chandler y co., 2) la tradición de literatura utópica religiosa, cuyas mayores expresiones llegaron en la obra renacentista de Tomás Moro y Francis Bacon, y 3) la filosofía reciente sobre la diseminación de la identidad y su dependencia de nuestros espacios, usualmente citadinos, confusos y heterogéneos. Y esa conjunción de formas y etapas de la escritura es, de cierto modo, algo hermoso también; la argamasa de tradiciones, abarcando desde lo bíblico hasta lo posmoderno, que Auster logra moldear en sus manos nos regresa al ensayo de John Barth y sus lecciones. Ese es el poder del gran escritor, pareciera: la capacidad de tomar lo usado, lo viejo, lo ya despojado de poder expresivo por los años y el cinismo, y esbozar de sus cenizas una fabulación que nos haga verlo todo, de nuevo, con el impacto de la vez primera.

Y luego, lo más importante de todo: recordar quién soy. Recordar quién se supone que soy. No creo que esto sea un juego. Por otra parte, nada está claro. Por ejemplo: ¿Quién eres tú? Y si crees que lo sabes, ¿por qué insistes en mentir al respecto? No tengo ninguna respuesta. Lo único que puedo decir es esto: Escúchame. Mi nombre es Paul Auster. Ése no es mi verdadero nombre.




[i] El ensayo de Barth fue escrito en 1979. Esto sólo es 6 años antes que Ciudad de cristal, pero a nosotros ya nos separan de él otros 30 más. Sin embargo, frecuentemente se le sigue citando al hablar de desarrollos futuros de la literatura. ¿Estancamiento?

[ii] Las otras dos se titulan Ghosts y The Locked Room.


Para completar:
Auster, Paul. Ghosts.
________. The Locked Room.
Poe, Edgar Allan. "La carta robada".
Borges, J. L. "La biblioteca de Babel".
Lefebvre, Henri. La producción del espacio.

3 comentarios:

  1. Creo que es la mejor reseña que he leído en mi vida. Nunca he leído a Auster, pero ahora muero por hacerlo. Escribes muy muy bien.

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  2. Siempre me he preguntado por qué hay tan pocas reseñas de novelas de Auster en la blogosfera. Gracias por aportar con una más.

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