domingo, 22 de abril de 2012

El soldadito de plomo


  • Den Stanbdhaftige Tinsoldat 
  • Hans Christian Andersen [Dinamarca] 
  • Primera edición: 1838 
  • Cuento 

“Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos. Porque habían nacido de una vieja cuchara de plomo.” 

Me ha costado mucho iniciar esta reseña y en esencia tiene mucho que ver con la fecha. Verán, hoy es 22 de abril y para mí todos los días veintidós tienen una importancia fúnebre. Mi abuela murió un día veintidós –un número par, una capicúa; una fecha dolorosa. Entonces me propuse escribir esta reseña en su honor, trataba de recordar si ella me había mostrado algún cuento de Andersen, pero no fue así. Los cuentos que ella me mostró ­–quizá alguna vez me los leyó– fueron de los hermanos Grimm. Claro que podría hablar de alguno de estos cuentos, pero debido a un proyecto especial que tengo preparado para el 30 de abril (Día del Niño), tengo que adelantar mi reseña de Andersen. 

Esto no me molesta, en lo absoluto. Desde que decidimos nombrar a Andersen escritor del mes estoy esperando con ansia esta reseña. Me sentía muy inocente al escribirla ahora, justo después de Guts, pero ayer que releí la historia me llevé un par de sorpresas. El soldadito de plomo siempre ha sido mi cuento favorito, pero mientras lo revisé me percaté de dos cosas: es muy corto (mi edición es de una hoja y media) y es bastante cruel. Un cuento que no contaría a mis hijos, porque no le encentro el final feliz y meloso que tanto gusta. Es una narrativa sencilla, pero a la vez muy fría y si bien, no es predecible, tampoco nos llena de esperanza o alegría. Se lee rápido, pero se digiere lentamente. Siendo sincera, no la recordaba tan triste.

“Todos los soldaditos se parecían entres sí. Sólo uno de ellos era diferente a los demás, porque carecía de una pierna. […] Se sostenía perfectamente sobre su única pierna, los mismo que los otros sobre las dos, y es precisamente de él de quien vamos a contar su maravillosa historia.” 

La historia es del dominio público. Un soldadito con una sola pierna se enamora de una bailarina, un muñequito –un juguete de broma que siempre representan como un payaso musical– salta fuera de su caja y le dice al soldadito que retire los ojos de la bailarina. El soldadito no lo hace y termina volando por la ventana. Lo curioso es que la recordaba diferente, al menos en detalles. Mi edición, como ya dije, se ve muy corta. Al buscar en internet me encontré con muchas versiones, algunas sonaban demasiado fantásticas y otras eran muy largas. Al final decidí creerle a la mía, es el estilo de Andersen, ser conciso. Si la recordaba diferente es por que alguna vez la vi en televisión, en una caricatura. En aquella versión la bailarina hablaba y le daba su amor al soldadito. En la versión original la bailarina nunca dice palabra alguna, ni siquiera se mueve. Tan sólo observa fijamente al soldadito, mientras este vuela por la ventana. 

¿La consideran una historia de amor? A estas alturas, ahora que he leído tanto, visto demasiado y vivido lo necesario, a estas alturas ya no lo sé. Tengo la teoría de que un buen escritor es descubierto a través de un cuento y no de una novela. Una novela es extensa, la historia puede llegar a rescatarse o hundirse por completo, en cambio un cuento no puede darse el lujo de empezar mal. O es bueno o no lo es. En pocas palabras desarrollas una idea que pudo haberse llevado cien hojas. Entonces Andersen arma una trama romántica donde un soldadito se enamora de una bailarina con la cual nunca habla y funciona. Funciona por que cuenta con lo que todo amor necesita: un problema. 

Romeo no podía estar con Julieta, Tristán tenía que alejarse de Isolda, El Quijote nunca enamora a Dulcinea y nuestro soldadito nunca llega con la bailarina. Todos tenían un impedimento que daba una razón de ser a la historia y es aquí donde se demuestra la maestría de la pluma de Andersen. En poco espacio, en mínimo espacio crea dos enamorados y un problema: el tercero en discordia. Aquella persona, en este caso un muñequito, que no permite que los enamorados se unan. Tal vez ama a uno de ellos o tal vez odia a los dos. Eso dependerá de cada historia. En este cuento el muñequito dice que la bailarina le pertenece y la bailarina no dice nada, ni a favor ni en contra. Pero el amor esta en su acción final, en el último movimiento que la lleva a unirse con el soldadito en el fuego de la estufa. El último salto de su danza. 

La historia inicia con un “Había una vez”, pero no culmina con aquel “Vivieron felices por siempre”. La aventura del soldadito, tras su caída por la ventana, lo conduce por tierra y agua. De la oscuridad de un canal a la oscuridad del estomago de un pez. Cuando parecía que era el fin la magia regresa, el pez ha sido comprado por la sirvienta de la casa y el soldadito ha vuelto a donde inició. Entonces esperamos que vaya junta a la bailarina y permanezca con ella a pesar del odio del muñequito. Esperamos los hurras y los vivas. Esperamos ver a la dama sonreírle a su ama– caen al fuego y encontramos el punto final. Sí, es frío. Sí, es cruel. Sí, es mi cuento preferido. Es realista, tan sólo eso. Tras limpiar las cenizas encuentras un corazón de plomo y una lentejuela chamuscada. No pueden estar juntos de otra forma, sin embargo todo está bien al final. Es por estas dos últimas marcas entre el polvo que es el final. 

“El soldadito sintió un calor enorme, pero no sabía si era a causa del fuego o del amor. Habían desaparecido sus colores, pero nadie podía decir si era a causa del viaje que había hecho o por el dolor.”





Se encuentra en distintas editoriales, a distintos precios, y el texto es del dominio público.

1 comentario:

  1. Ese siempre ha sido mi cuento favorito a pesar de su final triste. Me has hecho volver a leer mi versión y en la mía es un niño el que tira al soldadito por la ventana.Lo demás es igual.
    También me puse a pensar y creo que muchos escritores han sido seducidos por este tipo de situación, el amor perfecto que nunca se mancha con palabras. Aquél que sólo puede consumarse fuera de este mundo,en uno puro dónde merzca ser.

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