sábado, 8 de septiembre de 2012

La máquina de ajedrez



  • Der Schachautomat
  • Robert Löhr [Alemania]
  • Primera edición : 2007
  • Novela


Muchas veces te habrás sentido afligido por tener tan pocos amigos y haber sido expulsado de tu familia –opinó Kempelen–. Pero quien no tiene seres queridos tampoco puede perderlos. No debes olvidarlo.

Somos una humanidad que necesita creerse más lista de lo que en realidad es. Pretendemos comprender y dominar todo aquello que nos rodea, estructuramos y nombramos estrellas; damos funciones a la variedad más inútil de rocas; catalogamos las plantas del verde al más verde; y adornamos los planetas con números y letras para decir que los hemos descubierto. Tal vez esto se deba a sentir que entendemos las cosas, a ignorar la dolorosa pregunta de “¿Qué hacemos aquí?”. Este progreso no tiene nada de malo, ni criticable. No reniego de lo bello que ha sido nuestro transcurso por el conocimiento; desde el fuego al internet, pasando por la imprenta y el automóvil; avanzando, avanzando. Aunque no sepamos hacia dónde, ni nos interese, avanzamos.

Pero dentro de éste avance, –que parece presunción–, encontramos siempre un entretenimiento particular. Ahora tenemos iPods, tablets, videojuegos y mil cosas más para maravillarnos y poner a prueba nuestras habilidades. Ahora que el progreso nos alcanza, ahora que no nos dejamos impresionar tan fácilmente, ahora que ya no nos dejamos sorprender aunque la situación lo amerite. Pero, ¿y antes? No hace diez años, no hace veinte. Hace no mucho, tan sólo tres siglos. Cuando en las cortes europeas  reinaba el barbullo noble, las pelucas y los adornos, las casas de café y, mejor aún, en Viena. Un siglo XVIII, en la corte de la emperatriz de Austria María Teresa, mujer desatina, amante de las innovaciones y el ambiente juvenil que se le escapa de las manos. Ahora, sin más preámbulos, preparen sus ojos para encontrarse con las azules pupilas de vidrio del Turco Ajedrecista.

El trabajo del turco había acabado. Jakob había torneado las treinta y dos piezas rojas y blancas con su núcleo magnético, y juntos habían vestido al turco. El androide llevaba una camisa sin cuello de seda color turquesa con franjas marrones y por encima un caftán con mangas a medio brazo. […]Las manos del autómata estaban enfundadas en unos guantes blancos, de modo que no podía verse ni una partícula de piel de los brazos. […]Para proteger el delicado mecanismo de los dedos, la mano, junto con la pipa, descansaba sobre un cojín de terciopelo rojo, hasta que el autómata se ponía en marcha y el cojín y la pipa se apartaban.

Sí. Queremos dominarlo, perfeccionarlo y recrearlo. Todo. Incluyendo la mente misma. El Turco Ajedrecista, junto con su inventor, Kempelen, fueron reales. Encontrarán en internet numerosos artículos sobre ésta y muchas otras farsas. Claro que queremos alcanzarlo todo, aunque sólo sea un engaño. El Turco fue, en su época, un mito y una maravilla. Impresiono en las cortes y, tras la muerte de su inventor, viajó por diversas partes del mundo. Así que, como todo rumor, la historia fue contada y torneada, siempre de una manera distinta, hasta llegar a esta novela. Sería fácil denominar esta obra como una ‘novela histórica’. Los tiempos se manejan con la época y las circunstancias coinciden con los múltiples caprichos del inventor. (Dejando de lado la enorme mancha en su historial sobre el-autómata-falso), Johann Wolfgang Ritter von Kempelen de Pázmánd fue un verdadero pionero de la fonética experimental. La farsa del turco fue sólo una manera de llevar a cabo su verdadera ambición: una máquina parlante.

Entonces, nos enfrentamos ante una situación parcialmente real. La delgada línea de lo que fue, lo que dijeron y lo que se ha escrito. Llegamos al centro mismo de la invención, al hombre: a Tibor. Serán listos si, desde el principio, asumieron que la farsa sería realizada por un enano. Un enano ajedrecista, sin más. Como dato cultural, cabe recalcar que, en la época, los enanos se consideraban juguetes o divertimientos, sin alma alguna. Actitud muy curiosa, un personaje difícil de recrear. Tibor es entonces un esperpento en Viena. Rechazado y golpeado, devoto de la Madona que lleva colgada en el cuello y pecador empedernido. Una noche puede ganar una fortuna tan sólo jugando al ajedrez y perderlas al minuto siguiente con una simple borrachera.  Un cliché muy grande, tal vez; aquel del héroe trágico que emerge de sus cenizas. Pero su caída es estrepitosa y su auge un tanto miserable, paga por sus pecados, por sus asesinatos. Por ser el mayor engaño.

Una actitud muy contraria a la de Kempelen, el inventor de la corte, el próximo favorito de la reina. Ambicioso, mentiroso, sagaz y muchos otros adjetivos que lo convierten en villano. Podría pensarse que la historia no es muy original, engaño, auge, caída y desastre. Pareciera tener algo de novela policiaca o moralizadora. Pero la verdad es que  el trabajo de Löhr tiene mucho mérito. Primero que nada, la recreación de las cortes y, en general, la nobleza de Viena. No es sólo una actitud de mencionar paisajes, sino de recrearlos. No son una sarta de adjetivos los que nos consumen, sino las sensaciones de Tibor, encerrado en la máquina,  las que nos proyectan a aquel ambiente pomposo y festivo. Pareciera que, junto con él, somos espías. Nos reímos de todos esos crédulos que, sin más, se tragan a un androide que piensa por su cuenta. Algo que parece imposible para una época que apenas perfeccionaba la relojería. Sí, reímos junto con él, para después maravillarnos con productos milagro.

La segunda gran hazaña de la obra es recrear las condiciones raciales de sus personajes. Un húngaro, un judío y un enano. Parecería que voy a contar un chiste. Muchas de las situaciones que envuelven a los dos últimos personajes nos otorgan un muy buen panorama de los ideales de la época. La forma en la que se adecua Jakob –el judío– a las burlas y miedos generales o la callada resignación de Tibor ante el constante desprecio en las calles, nos hace cuestionar nuestro progreso tras tres siglos. La tercera, y última hazaña, es el ajedrez mismo. Recrear una persecución es difícil, hablar sobre una batalla puede ser una catástrofe total si no se tiene un don con la pluma (tan sólo vean el éxito de los libros de historia). Ahora, recrear una encarnizada batalla de un juego de ajedrez, una concentración total por parte del noble que ha sido puesto a prueba para vencer una supuesta máquina y a un enano encerrado en una caja jugando casi a ciegas, lograr contar eso en un máximo de diez hojas y  que tus lectores sientan escalofríos, eso habla muy bien de un escritor.

Creo que los momentos en que Tibor juega son los más esperados en la obra. Un guiño adicional es el modo en el que está contada la historia. Pasado y presente se mezclan y nos hacen dudar por instantes sobre lo que ha pasado. Al finalizar el libro se tiene una conciencia histórica impresionante. Si no la más precisa, sí la más humana. Todo parece estar bien al final. Todo parece tener un final justo. El Turco, como una suerte muy curiosa, fue destruido en un incendio hace no mucho tiempo. Tal vez sea una venganza de aquella corte que se vio burlada hace, apenas, tres siglos.

Miró a la Virgen con el Niño, pero ya no le pareció seductora. Era solo una imagen. Una dama. Una muñeca sin vida, como el turco. Qué ridículo le pareció de pronto el rosario que rezaba día tras día en su tablero de ajedrez. Sus oraciones no habían impedido que se enamorara de una prostituta preñada que lo engañaba. No había protegido a Jakob. Aquel no era el lugar adecuado para su alma.

Random House Mondadori: $219 (precio de lista, probablemente ya lo hayan rebajado)
Disponible en:
- Porrúa

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