miércoles, 5 de septiembre de 2012

Las muertas


·  Jorge Ibargüengoitia [México]
·  Primera edición: 1977
·  Novela

—No te preocupes, Arcángela, yo llevo a la muerta en mi coche y la deposito donde tú me indiques.
Cuando acabé la frase ya me había arrepentido de decirla, pero ya era demasiado tarde. La verdad es que había sido demasiado tarde todo el tiempo. Para que las cosas hubieran sido de otra manera, se hubiera necesitado que yo no hubiera ido a Pajares el día anterior a pedir que me perdonaran los impuestos. Apenas cinco minutos antes yo era un hombre que estaba esperando que le dieran de comer y ahora estaba comprometido a llevar un cadáver a la sierra.

¿Y qué podía esperar Simón Corona, si a esa distancia absurda del crimen vivimos en México? Deberían hacer un monumento dedicado a esos contados ciudadanos que logran vivir aquí y salir con las manos limpias. Pero bueno, eso viene después; empecemos como se debe. Las Muertas fue el primer libro de Ibargüengoitia que leí completo, lo cual es un poco vergonzoso dadas las circunstancias de mi crecimiento. En casa de mis abuelos teníamos 4 de sus libros, lo cual lo ubica dentro de la categoría de Favoritos. Pero eran libros de ensayos o cuentos (a excepción de Dos Crímenes), por lo que sólo los hojeaba o leía fragmentos: se prestaban para eso. Me gustaba, pero no podía decirme fanático. Este libro cambió todo eso.

No es un libro particularmente bonito en su prosa. De hecho, encontrar pasajes para esta reseña me ha resultado bastante complejo, pues el estilo es seco, un tanto oscuro, y redactado en el estilo de un informe judicial. Si bien esto es claramente una sátira del caso Poquianchis (busquen información sobre eso antes de leer el libro; le entenderán mejor y se entretienen un rato) y del sistema judicial mexicano en general, no es tan fácil carcajearse como en otros de sus libros. Esto es, también, por la cantidad de sangre derramada. Al final del libro hay una fotografía que pretende ser de los personajes. Posan una veintena de mujeres, de las cuales 15 terminan muertas y el resto encarceladas. En este sentido, resulta una lectura un tanto cruda. Lo verdaderamente encomiable aquí es la crítica que hace del sistema, porque es casi perfecta. Algunos dicen que México es un desmadre muy bien organizado, y la novela muestra eso: el reino criminal se crea de la nada, se vuelve exitoso sin querer, y la policía descubre todo por mera casualidad.

Yo vivía en un rancho y necesitaba dinero porque un hijo que yo tenía estaba enfermo. Fui a Pedrones a pedir trabajo y estuve tocando puertas hasta que llegué a una que abrió doña Arcángela. Ella me dijo:
—Sí, aquí hay trabajo, pero no de criada. Si vienes a trabajar en esta casa, será de puta.
Yo acepté, y ella me adelantó 20 pesos para las medicinas, que de nada me sirvieron, porque mi hijo se murió a los pocos días. Yo me quedé con las señoras.

A grandes rasgos, la historia trata de Arcángela y Serafina Baladro, hermanas con carácter de hierro y ambición de ídem, que terminan encontrando el negocio de sus vidas donde menos lo pensaban: de madrotas. El problema es que infringir la ley de este inofensivo modo resulta en algunas incomodidades. Por ejemplo, si una de tus prostitutas muere —lo cual, dado a las condiciones sanitarias, solía ocurrir bastante—, no puedes darle una sepultura digna sin que te detecte la policía. También están los clientes incómodos, que maltratan a las muchachas y las dejan fuera de circulación por un tiempo. Alguien debe encargarse de ellos, preferiblemente con fuerza bruta. Son cosas por el estilo las que construyen la novela, pequeños retazos de un negocio que —por casualidad— es tan sólo un poco más peculiar que los demás.

Hasta allí todo va bien, incluso se podría considerar una historia con tintes detectivescos muy chambona. El problema —o la virtud— es que los personajes (no todos, pero sí una parte sustancial) son reales, y sus caricaturescas muertes también tienen un reflejo verdadero. Vivimos en un país que es, ante todo, folclórico. Cuando hemos tenido asesinos seriales u ocasionales dignos de nota, han sido muy representativos. Caníbales, mochaorejas, señoras que preparan tamales con los restos de su esposo. Ibargüengoitia se aprovecha de esta historia y crea respecto a ella: cuatro  mujeres tratan de asesinar a otra metiéndola en un excusado, y otra fallece por una reacción nociva a una coca-cola. Pero aún así, la sombra de la realidad se cierne, y no te deja olvidar que personas así existen por montones en cada ciudad y pueblo mexicano.

Ibargüengoitia y Las Muertas en particular son recomendables no sólo por su valor literario o humorístico, que es mucho —son necesarios para comprender al país que se esconde tras la cortina de humo. Ese país en el que resulta muy pintoresco vivir, pero en el que siempre hay un fantasma tras la esquina: la inseguridad, la incompetencia judicial, la triquiñuela como modo de vida, la muerte ante el primer paso en falso. La primera finada del libro es ilustrativa de esto. Entregó su vida por unos centavos, y nadie recuerda siquiera si se llama Elena o Helda. Podríamos decir que Ibargüengoitia se burla de todos los temas de su novela, pero la verdad es que no. Él pretende otra cosa, algo que no está en el territorio del juego ni de la solemnidad. Quiere que veamos la realidad de nuestra tierra —cruel, violenta, pero también ridícula y divertida— a través de la ficción. En términos de retratar el paisaje mexicano, quizá su mayor rival sea Juan Rulfo; pero si discutimos la representación del pueblo y sus particularidades, Jorge es único. Es un hombre intensamente mexicano, que logra atrapar a placer esas pequeñas excentricidades que nos hacen tan distinguibles, tanto en vida como en muerte.

La parte más interesante de mis visitas —dice el Libertino— eran las conversaciones que tenía siempre con doña Arcángela, en cuya mesa me sentaba. Ella era filósofa. Creía, por ejemplo, que cuando morimos nuestra alma queda flotando en el aire durante algún tiempo, sujeta al recuerdo que dejamos en las mentes de los que nos conocieron. Un mal recuerdo atormenta al alma, un buen recuerdo la hace gozar. Cuando todos han olvidado al difunto o han muerto los que lo conocieron, el alma desaparece.

Booket: $85
Joaquín Mortíz: $140
Disponible en:
- Gandhi
- El Sótano
- FCE
- Porrúa
-El Péndulo

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