sábado, 20 de octubre de 2012

Eso


  • It
  • Stephen King [E.U.]
  • Primera edición: 1986
  • Novela

El terror, que no terminaría por otros veintiocho años –si es que terminó alguna vez–, comenzó, hasta sé o puedo contar, con un barco de papel que flotaba a lo largo del arroyo de una calle anegada de lluvia.

¿Lo recuerdan? ¿Recuerdan el inicio de aquella película que probablemente –y por más que luchen por negarlo– marcó una parte de su infancia? ¿Recuerdan al niño de impermeable amarillo corriendo tras un barco, calle abajo, hasta llegar a una coladera? ¿Y?, ¿qué pasó después? Por supuesto que lo recuerdan,  es imposible olvidarlo: los ojos amarillos del payaso, a través de la rendija de la coladera, y el globo rojo flotando junto a él, ¿por qué flotan? Cuando estés aquí abajo, conmigo, tú también flotarás. Porque aquí abajo todo flota. Y el grito del niño. El grito de un niño que acaba de perder su brazo. Claro que lo recuerdan.

A diferencia de Stephen King, yo no tengo quejas contra la adaptación cinematográfica de Eso. Claro que pudo ser mejor, claro que no tuvo todos los efectos especiales con los que contamos hoy en día y claro que la historia no le es del todo fiel a la novela, pero este último punto no tiene nada de malo. Si le fuera enteramente fiel tendríamos, más que una película, un documental de seis horas. Y es que el libro en sí es desalentador: 1502 páginas en su traducción al español. Sí, 1502 páginas de puro terror al estilo King. Un terror con base tradicional y desarrollo metafísico, por supuesto. Pero antes de llegar a la gran Tortuga que vomitó el universo y todas esas cosas, regresemos al niño del impermeable amarillo y su hermano menor que jamás se repondría de la culpa de haber hecho el barco que arrastró a su hermano hacia la coladera.

Haunted, haunting, haunt, dicen en inglés.
Visitado con frecuencia por fantasmas o espíritus, como las tuberías de desagüe en una cocina; aparecer o presentarse con frecuencia, como cada veinticinco, veintiséis o veintisiete años; sitio donde comen los animales […]
Sitio donde comen los animales, sí, eso es lo que me aterra.
Si ocurre algo más, haré esas llamadas. Es preciso. Mientras tanto, tengo mis suposiciones, mi insomnio y ms recuerdos. Mis malditos recuerdos. ¡Ah!, y algo más: tengo estas notas, ¿verdad? Mi muro de las lamentaciones. Y heme aquí, sentado, con la mano temblando de tal modo que apenas puedo escribir. Aquí, sentado en la biblioteca desierta, después de cerrar, escuchando leves ruidos en los estantes oscuros, observando las sombras que arrojan los mortecinos globos amarillos para asegurarme de que no se muevan…
Heme aquí, sentado junto al fuego.
Pongo sobre él la mano libre… la dejo deslizarse hacia abajo… toco el aparato que podría ponerme en contacto con todos ellos, mis viejos amigos.
Juntos penetramos profundamente.
Juntos penetramos en la negrura.
¿Saldríamos de la negrura si penetráramos por segunda vez?
No lo creo.
Dios, por favor, que no tenga que llamarles.
Dios, por favor.

Hace veintisiete años, algo, un animal, una bestia, cercenó el brazo de George, el hermano menor del tartamudo Bill. El pequeño se desangró hasta morir y Bill se creyó siempre responsable de la muerte de su hermano. Pero no era un caso asilado. Había muchos niños, muchas desapariciones, muchos mutilados. Demasiados cadáveres y demasiadas tardes siniestras eran parte del pequeño pueblo de Derry. Algo oculto en el corazón del pueblo, en sus cañerías. Algo que una tormenta trajo volaaaando. Se llevó todo el circo. ¿No sienten olor a circo…? ¿Ustedes que sienten? Claro, el pasado trágico es la clave de la historia. La clave para que Bill arrastre a siete amigos al borde de la locura, al pasado de Derry, a sus cañerías. Siete, el siete es un número mágico. Los siete “Perdedores”, como serían conocidos más adelante. Bill, Ben, Bev, Richie, Eddie, Mike, Stan. Y, claro, no todos pueden terminar con sus miedos.

El terror tradicional de King se encarna en esta historia en el payaso Pennywise. Ojos amarillos y come niños, el currículum es adorable. Pero en sus tiempos libres tiene otros pasatiempos, como inflar globos, provocar masacres y tomar la forma de nuestros mayores miedos. Así que el ancho de la novela se compone de un serie de diversos personajes habituales del cine de terror, tales como hombre-lobo, momia, leproso, sanguijuelas mutantes (sí, mutantes), ojo gigante, tiburón, piraña… y, vaya, la indumentaria puede parecer cómica en principio, pero el detalle y la descripción, las gárgaras de sangre que surgen del lavamanos y las fotografías móviles que cercenan dedos pueden provocar reacciones muy distintas a la risa. Una es la negación a tomar un baño sin que algo cubra la coladera, la susceptibilidad a ruidos imprevistos (léase dar un brinco cuando alguien te llama a comer)  y no poder parar de leer. Son 1502 hojas que se pasan como 50. 

Antes del universo había sólo dos cosas. Una era Eso; la otra, la Tortuga. La Tortuga era una cosa vieja y estúpida que nunca salía de su caparazón. Eso pensaba que quizá había muerto, que estaba muerta desde hacía un billón de años, más o menos. Aunque así no fuera, seguía siendo una cosa vieja y estúpida; aunque la Tortuga hubiera vomitado al universo entero, eso no quitaba que fuera estúpida.

La estructura de la novela no es lineal. Empezamos con la muerte de George, después adelantamos el tiempo hasta la vida de nuestros personajes muchos años después de su primera batalla con Eso, regresamos al pequeño y traumado Bill, vemos fragmentos de la explosión del universo –el macrocosmos, primer origen conocido de Eso–, un Mike adulto, encerrado en una biblioteca, tratando de tomar valor para reunir a sus amigos y hacer cumplir viejas promesas. Viejas promesas de un pasado que se borró por completo de tu memoria y que ahora te llama, con un escalofriante susurro, para decirte que debes regresar. Regresar a Derry a terminar el trabajo, regresar y terminar de una vez por todas con el payaso Pennywise. No debe ser una llamada sencilla. ¿La imaginan? “­–Hola, ¿Bill?, ¿me recuerdas? ¡Soy Mike, de Derry! Sí, vaya que ha pasado tiempo. Sí, vaya… bueno… recuerdas aquello…”, ¿y, después? “¿Recuerdas aquello que le arrancó el brazo a tu hermano menor y después trató de asesinarnos por meses?, ¿sí? Vaya, me alegro. Porque, bueno… volvió.”

Un creería que se llama a un amigo, después de una veintena de años, para invitarle una cerveza y hablar un poco del pasado. No para resucitar viejas heridas y pesadillas inconcebibles. Pero son siete, siete amigos. Un número mágico, ¿recuerdan? Y es que, si se me pregunta el tema de la novela, no puedo decir que sea el terror que un payaso despierta en un lugar determinado. No. Puedo decir que es la amistad. La amistad de ellos que regresan a salvar sus primeros hogares y, con eso, salvarse a sí mismos. La amistad de siete chicos desgarbados, rechazados y solitarios.

No supongan que las 1502 páginas se conforman de asesinatos y masacres; muchas veces encontramos momentos dulces. Momentos en que aquellos niños descubren por primera vez lo que es un amigo, segundos en los que son valientes –valientes aquellos que creyeron no serlo jamás– sólo para rescatar a un compañero perdido. En muchos aspectos, es un libro sobre la infancia. Un libro sobre todo aquello que crecer implica, las raíces que nos sostienen y los momentos que nos hacen ser lo que somos; lo que nos hizo ser lo fuimos. La reseña del periódico La Vanguardia dice “Insuperable”, y es verdad. Podemos comprender el origen de Eso o no, podemos alzar una ceja con las precarias contribuciones de la Tortuga o querer gritar porque parece no terminar nuca. Pero la realidad es que termina, el círculo se cierra; de la manera más dolorosa. El número siete se desparece por completo, junto con la amistad y, con todo eso –con el pasado, con Eso, con la tortuga, con Derry y con “Los Perdedores”– también desaparece la infancia.

Despierta de ese sueño sin poder recordar exactamente qué era. No recuerda nada, salvo el simple hecho de haber soñado que era niño otra vez. […] Piensa que es bueno ser niño, pero que también es bueno ser adulto y poder analizar el misterio de la infancia… sus convicciones y sus deseos. […] es bonito pensarlo por un rato, en el límpido silencio de la mañana: pensar que la infancia tiene sus propios secretos dulces y que confirman la mortalidad y que la mortalidad define todo el valor y el amor. Pensar que lo que has mirado adelante también tienes que mirar atrás y que cada vida hace su propia limitación de la inmortalidad: una rueda.
Al menos, eso es lo que Bill Denbrough piensa a veces, en esas horas tempranas de la mañana, después de soñar, cuando casi recuerda su infancia y a los amigos con quienes la compartió.”

Sólo me resta decir que es un libro que recomiendo ampliamente. Para los peores momentos, para las luces más distantes, dice Stephen King:

“Pon distancia y trata de mantener la sonrisa. Sintoniza rock & roll en la radio y ve hacia toda la vida que existe con todo el valor que puedes reunir y toda la fe que logres invocar. Sé leal, sé valiente, aguanta. El resto es oscuridad.”


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