viernes, 26 de julio de 2013

Donde su fuego nunca se apaga

  • Where Their Fire is not Quenched 
  • May Sinclair 
  • Primera edición: 1922 
  • Cuento
Recordaba a George Waring y toda su propia vida desencantada, sin ilusiones ya. No lo había elegido a Oscar, y en verdad, no lo había estimado antes, pero ahora que él se había impuesto no podía dejarlo ir. Desde que George había muerto ningún hombre la había amado, ninguno la amaría ya.

Deténganse por un segundo a considerar este cuento como el más memorable según Jorge Luis Borges. También deténganse a pensar en él como un hombre cuyas publicaciones no siempre tuvieron la pesada envergadura cultural que llevan ahora. Durante algunos años participó en una revista para amas de casa titulada El Hogar, en la sección “El cuento, joya de la literatura”. Hablamos de 1935, un año en el que Borges aún no era el Borges universal, aunque sí era ya el autor de Historia universal de la infamia. Es probable que con el paso de los años su idea de “cuento memorable” hiciera modificaciones, pero eso no lo sabremos con certeza. Lo que sí sabemos es que ese Borges, el del 1935, a quien aún le quedaba suficiente vista como para colaborar en una antología que las amas de casa tendrían junto al recetario, ese Borges eligió esta historia casi desconocida. 

La elección no deja de resultar curiosa, porque aún con un título atractivo, la historia puede llegar a parecer muy tradicional dentro de su estante en literatura fantástica. A primera vista, no parece haber un diamante escondido lo suficientemente grande como para impresionar al argentino, pero eso es sólo a primera vista. Harriet Leigh amó un teniente cuyos restos descansan en el fondo del Mediterráneo; su vida continuó sin sobresaltos amorosos hasta hallarse en brazos de un hombre casado a quien “ella amaba y le aburría, lo mismo ocurría con él”. El hombre, Oscar, murió de una apoplejía y ella no le dedicó ni un solo pensamiento hasta el momento de su última confesión. Pero aún en el instante de expiar sus pecados, Harriet lo descarta de su vida, lo vuelve un recuerdo hecho jirones, y muere con mucha paz. Despierta para encontrarse ante su anciano cadáver, y una puerta que la conduce directo al peor de los infiernos.

–Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de George Waring? ¿Tú?
–Porque los reemplacé.
–Nunca. Mi cariño por ellos era inocente.
–Tu amor por mí era parte de eso. Crees que lo pasado afecta el futuro. ¿No se te ocurrió nunca pensar que lo futuro puede afectar el pasado?

Sospecho sin muchas dudas que el ser humano agradece silenciosamente su capacidad para olvidar, por lo menos a largo plazo. Los primeros amores, y las primeras experiencias con la muerte resultan ser los golpes más letales que pueden recibirse, y es el olvido el que nos rescata en el último instante. Una vez que el dolor ha sido anestesiado, una vez que hemos llegado al final y rememoramos cada sección y cada decisión,  resulta que gran parte de nuestros primeros recuerdos funcionan como un refugio. Somos inocentes en muchos de ellos, nada parece errado o fuera de lugar; encontramos una felicidad que creíamos inexistente. El infierno que encuentra Harriet es aquel donde sus recuerdos han sido corrompidos. Haber terminado su vida como ayudante de una iglesia no le valió para expiar su eternidad; el pecado que no expió, literalmente, la persigue. Pasa a ser alimento de un fuego que nunca se apaga.

Como dije, parece sencillo. Tenemos el infierno como tema y resultado. El asunto fascinaba a Borges de muchas maneras: “Sea el Infierno un dato de la religión natural o solamente de la religión revelada, lo cierto es que ningún otro asunto de la teología es para mí de igual fascinación y poder”. Incursionar en el relato de Sinclair sólo era un paso más en una larga procesión que probablemente empezó con Alighieri. No creo que haya cambiado de opinión al final de su carrera, incluso cuando era el Borges respetado y aplaudido. No sabemos qué nos espera al final, algunos dicen que nada, y que pagamos los males en vida; otros auguran fuego, hielo, tempestad y dolor. Sinclair no nos lleva a calles hechas pedazos, ni  a diablillos con trinchetes, nos lleva a nuestro propio albedrio: nuestra facultad de obrar y de hacerlo para siempre. Es un castigo horrible, Harriet tiene la opción de entregarse al mal, de destrozar sus propios pasos y volver pútridas sus memorias; o escapar de ellas, una y otra vez, mientras la muerte le dé fuerzas.

–Esto no es lo peor. No estamos plenamente muertos aún, mientras tengamos fuerzas para volvernos y huirnos, mientras podamos ocultarnos en el recuerdo. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuero, y ya no habrá nada, más allá, y no habrá otro recuerdo que éste.

La historia es del dominio público (creo) y lo pueden encontrar aquí.
Si les interesan otras historias que Borges recomienda, las encontrarán en: 
Cuentos memorables según Borges 
Debolsillo: $129
Alfaguara:$269
Disponible en:
-Gandhi
-El Sótano
-FCE
-El Péndulo
-Porrúa

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