martes, 10 de diciembre de 2013

Un día perfecto para el pez banana



-· A Perfect Day for Bananafish
-· J. D. Salinger [EU]
-· Primera edición: 1948 (versión final)
-· Cuento


 ⋆⋆⋆½


—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.

Algunos de los autores que el tiempo ha llegado a considerar parte del canon son aquellos cuya obra tiene un solo quid, una sola dirección. Es decir, estos son autores que escriben como caballos desbocados, con la vista siempre fija en lo que tienen enfrente —un único objetivo que desean, o mejor dicho, que necesitan desarrollar. De estos escritores se dice en ocasiones que sólo escribieron un solo libro, aunque esté dividido en varios volúmenes (como las novelas de Joyce) o incluso en varios géneros (como la obra de su alguna vez discípulo Beckett). Como ya habrán adivinado, a mí me parece que J. D. Salinger entra dentro de este grupo; claro, tomando en cuenta que todavía no tenemos acceso a sus obras completas. Pero todo lo que tenemos, incluso los 3 cuentos inéditos que se filtraron en PDF hace unas semanas, es excepcionalmente cohesivo. Algunos personajes y apellidos se repiten, como los Glass y los Caulfield, pero eso es lo de menos: el verdadero epicentro de las letras de Salinger está en su cierta misantropía romántica, su defensa de la inocencia ante las fauces invencibles de un mundo corrupto.

“A Perfect Day for Bananafish” fue el cuento que puso a Salinger en el mapa para la mayoría de los lectores americanos de medio siglo. En él ya se adivinan las semillas que más tarde se convertirían en esa manchada obra maestra llamada The Catcher in the Rye: la locura, la inconformidad social, las heridas emocionales producidas en personajes de especial sensibilidad por el Estados Unidos de posguerra. Pero es una pieza que cumple a la perfección aquella sentencia de Cortazar sobre los cuentos: a contrario que Catcher, “Bananafish” gana por knockout. El manojo de temas entrelazados que compone el corazón de la narrativa de Salinger están aquí utilizados de un modo sucinto, casi minimalista, que busca además aplastar al lector de un golpe con su desconcertante final —un final de poder sorpresivo que el lector de cuentos americanos no recordará desde tiempos de Ambrose Bierce.

—[…] Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje!

Muriel Glass, chica altiva y despreocupada, recibe una llamada de larga distancia en el cuarto de hotel que la alberga durante unas vacaciones, sus primeras desde que su esposo Seymour regresó de la guerra. En el teléfono está su madre. Este es el primer pincelazo maestro de Salinger, por cierto, lograr que nos enteremos del estado ‘peculiar’ de la mente de Seymour mediante una narración que en un principio no lo muestra ni nombra sus actos pasados de frente, esto ya que la madre de Muriel nunca completa sus oraciones ya sea por impaciencia de su hija o por su propio atropellamiento de lengua. Todo lo que obtenemos, entonces, son pistas vagas de que algo no anda del todo bien, aunque no sabemos si la falla está en el comportamiento errático de Seymour, la displicencia y frialdad de Muriel o el exceso de preocupación de su madre. Intuimos, sin embargo, que está un poco en los tres.

El cuento se divide en tres partes: la llamada telefónica, una escena de playa entre Seymour y una niña pequeña que se ha hecho su amiga y el regreso de él a su habitación. Es durante la escena de playa que Seymour aparece ante nosotros sin el filtro de su esposa y su suegra por primera vez, y la verdad es que no sé muy bien qué pensar de él. Me parece que está cuerdo, pero definitivamente herido y desconectado de lo que el mundo suele llamar “normal”. Su esposa había dicho en la llamada de teléfono que Seymour no hacía nada más que estar tirado en la arena con la bata puesta, pero nosotros lo vemos despojarse de ella y entrar al agua a jugar con Sybil, a quien trata como su amiga y no como su subordinada, como los adultos suelen hacer con los niños. Lo vemos darle a la niña algunas lecciones de vida disfrazadas, algunos chistes malos, algunas divagaciones absurdas (que muestran su separación con el mundo de lo normal y lo adulto; una búsqueda de regresar su mente al mundo libre y connotativo de los infantes). Y sobre todo, lo vemos crear la metáfora de los peces banana —metáfora que disfraza, de nuevo, de cuentito infantil para Sybil, y que quizá ella no entienda en su sentido más completo y oscuro, pero que nosotros podemos desentrañar.

—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
[…]
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

Ahí están, haciendo su primera aparición, los enemigos eternos de Salinger. Aquellos despiadados, ciegos, que maceran la inocencia del mundo con sus manos sucias de avaricia, de billetes. Seymour, al igual que su autor, han estado en la guerra, y han visto los terribles límites a los que el mundo de la codicia está dispuesto a llegar con tal de defender su preceptos; preceptos que en muchas maneras aniquilan lo humano dentro de los humanos. Es por eso que regresan a casa actuando un poco, uhm, diferente. Y es por eso, quizá, por esa batalla que un individuo no puede ganar a largo plazo, que tanto el cuento como The Catcher in the Rye terminan en una nota de desesperanza. Nota que en este caso los dejaré descubrir solos, puesto que para eso Salinger tiene una pluma mucho más prodiga, cruel y efectiva. Lean, lean ahora. Y recuerden no atragantarse con la vida —corren el riesgo de quedar atrapados en la puerta.

 

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