miércoles, 8 de enero de 2014

Escritor del mes: Woody Allen



Mi único arrepentimiento en la vida es no ser otra persona.



Woody Allen (n. 1 de diciembre 1935, New York) tiene algunos problemas. No es un galán, es neurótico, recluido, compulsivo, ojo alegre, bajito, enclenque y un largo etcétera. Y digo, así son muchos escritores, pero Allen convirtió sus desordenes en una verdadera marca de fábrica tanto para él como para todos los que vinieran a sus espaldas. No es casualidad que en muchas de sus películas clásicas se incluyan episodios relativos a la terapia psicológica, por ejemplo. Todo mundo sabe que los artistas están un poco locos, pero a Allen de verdad le interesa hundirte en esa locura, explicártela en detalle profuso y hacerte reír con su profundidad. La neurosis y el (des)control de la misma constituyen el núcleo de su creación. Este sería el punto en que me pongo a hablar de Annie Hall, de Manhattan, o incluso de su nueva obra Blue Jazmine, todas ellas con toques de patología mental muy visibles y muy divertidos —pero como alguien apuntó cuando viera que él era nuestro autor del mes, esto es un blog de literatura.



En el extraño caso que no lo sepan, sí, Woody Allen ha escrito libros. Específicamente, son libros de cuentos y algunas obras de teatro, y los escribió en su mayor parte durante los 70, la década mágica que lo vio madurar como autor cinematográfico. ¿Y los cuentos tienen algo en común con las películas? Pues sí, hay cierta relación, pero, como suele pasar en los casos de personas con talentos múltiples, la relación entre un arte y otro no es tan simple y/o directa como uno esperaría. Así, los cuentos y textos literarios de Allen no son agridulces historias de amor y relaciones humanas como Annie Hall o Hannah and her Sisters; de hecho, se acercan más a la faceta temprana de su cine, aquella que produjo Bananas o Everything You Always Wanted to Know About Sex* (*But Were Afraid to Ask). Es decir, sus cuentos son absurdistas, anacrónicos e irreverentes, pero siempre con ese toque de inestabilidad mental y precisión quirúrgica de lenguaje que distingue a Allen como ente creador.



¿Qué tal si todo es una ilusión y nada existe? Es ese caso, definitivamente pagué demasiado por mi alfombra. ¡Sí tan solo Dios me diera una señal clara! Como un depósito enorme en una cuenta de banco en Suiza.



Me encanta esta cita porque es un ejemplo perfecto del alcance recalcitrante del bathos y la ironía en Woody Allen. Sinceramente no creo que haya habido una persona más dotada para la creación de este tipo de aforismos desde la muerte de Oscar Wilde. La mentalidad compulsiva de Allen lo lleva a vivir (y escribir) en el limbo entre el existencialismo más profundo y el materialismo más banal, y mucho de su humor (tanto en cine como en papel) surge de sus esfuerzos, no muy exitosos, de reconciliar estas dos facetas. En otras palabras, pensar en la nada le hace pensar en su alfombra. Pensar en Dios le hace recordar su falta de dinero. Y también viceversa, como en el cuento “The Kugermass Incident”, en el que comienza hablando de un personaje que sólo busca tener una aventura sexual y termina haciendo reflexiones incisivas sobre las cualidades de la literatura canónica (en concreto de Madame Bovary) y sobre la búsqueda de soluciones fáciles en la vida.



El que Allen incluya a Madame Bovary en este cuento no es coincidencia ni recurso aislado: los textos de Allen se aprovechan, incluso hasta la frontera del abuso, de la referencialidad. Su primer libro, Getting Even, es un incansable collage de referencias a otros libros, a películas, a situaciones históricas, a personajes ficticios y a paradigmas culturales. Eso quizá suene elevado, pero en realidad lo que hace es contar los chismes sexuales de Mickey Mouse al mismo tiempo que disecciona los defectos en la teoría psicoanalítica de Freud. Algunos podrían argüir, y quizá yo me les uniría, que Woody Allen es en realidad una especie de filósofo, pero —si lo es— es uno inextricablemente unido a su propia época y a sus propias manías. Es indudable que en doscientos años sus cuentos sobre el Pato Donald y compañía necesitarán notas explicativas al pie de página, pero en estos momentos sí dicen algo sobre nuestro entorno: sí revelan nuestros errores, nuestros absurdos, nuestra enajenación con la cultura, tanto en su formas altas como en las bajas.



Así que bueno, eso es un poco de lo que pueden esperar si leen a Woody Allen o nuestras reseñas sobre él. Disculparán que mi texto haya sido tan escueto —o en realidad nulo— en información biográfica, pero eso es vox populi. Que se casó con su hijastra, que detesta los Oscares, que toca el clarinete, en fin. Eso es casi del dominio público y no es lo que importa este mes, me gustaría pensar: este mes estamos aquí por sus palabras. Y es que las suyas son palabras que merecen atención propia, no sólo porque nos hacen reír, sino porque tienen el valor para lograrlo a costa de la personalidad resquebrajada del autor y de nuestras propias fallas como individuos y como sociedad. Y es que no sólo los artistas, sino también los simples mortales que experimentamos su arte, estamos un poco locos.



Parecía que el mundo estaba dividido en gente buena y mala. Los buenos dormían mejor, [pensaba Cloquet] mientras los malos parecían disfrutar sus horas despiertos mucho más.

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