domingo, 14 de septiembre de 2014

El llano en llamas



·  Juan Rulfo [México]
·  Primera edición: 1953
·  Colección de cuentos

⋆⋆⋆⋆½

Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.

Una colección de cuentos puede escribirse de dos modos. Se puede simplemente escribir todo lo que uno traiga en mente por un periodo determinado de tiempo y luego aplicar un copy-paste descarado, metiendo todo a la cazuela al más puro estilo de una sopa de piedra. O se puede tener un concepto fijo en la cabeza y apuntarle en repetidas ocasiones como quien tira dardos a un blanco. Quienes lo hayan leído o sepan hasta lo más mínimo de él, ya adivinarán que El llano en llamas tiene más de lo segundo. En realidad eso vale para toda la obra de Rulfo. No divaga, no duda —pone el dedo en una llaga y no lo quita por trescientas páginas y luego se calla para siempre, o hasta que vuelva uno a abrir sus páginas. Pero el concepto que persigue Rulfo no es fácil de definir, sino más bien elusivo y complejo. Es al mismo tiempo la perdición universal del pequeño pueblo, la brutalidad de la naturaleza indomable, la decepción del México post-revolucionario, el olvido y el rencor conviviendo en yuxtaposición sangrienta.

El llano en llamas fue escrito 2 años antes que Pedro Páramo, cosa que a menudo se olvida. Cuando un autor tiene una obra tan monumental en su haber, las demás quedan reducidas, aunque sea un poco, a un estatus de perenne nota al pie. “Hizo Pedro Páramo… ah, sí, y también una colección de cuentos”. Pero no siempre fue así. En 1953 esto era apenas una exploración tentativa de los temas y mecanismos que harían un clásico de la fatídica y genial novela que aparecería 2 años después. No es de ninguna manera un libro embrionario o desbalanceado, pero sí variopinto. Volvamos al símil de la persona que le tira dardos a un blanco temático. Rulfo aquí ya sabe a dónde tirar, e incluso ya sospecha cómo, pero hay ciertos momentos de indecisión que le dan al libro una textura variada, la cual resulta interesantísima a la hora de ofrecer una opinión —y, por supuesto, a la hora de leer.

…Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños, pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo […]
—Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera.

De las 17 historias que conforman El llano en llamas, mis momentos favoritos vienen cuando Rulfo decide atenuar la luz del realismo social en mayor medida, o bien lo subordina al mundo interno de los personajes. Tomemos el segundo cuento, “Nos han dado la tierra”: sin duda una agria crítica a la forma en que los caciques revolucionarios usaron a la gente a su antojo para luego desecharla. Muy bien. Pero críticas hay muchas, y lo que hace resaltar a “Nos han dado la tierra” son otras cosas —cosas como la división espacial entre un desierto y un oasis, realizada en un eje vertical, como para realzar el aislamiento y la inutilidad de esa tierra maldita que está “allá arriba”, fuera del mundo humano. Estos son momentos de artificio literario puro, en los que la narración trasciende las fronteras de la crítica social y la novela de la revolución. Es por eso que los momentos en que Rulfo parece apegarse más a esta tradición, abandonando su bagaje de creador minimalista y cuasi-gótico son, para mí, menos afortunados. Tal es el caso de “El llano en llamas” o “¡Diles que no me maten!”, los cuales, si bien son buenos cuentos, tienen una textura mucho más cercana a Martín Luis Guzmán o Mariano Azuela, lo cual no es lo que uno busca en su Rulfo.

Otra es la situación en los cuentos más oscuros de la colección, entre los cuales se encuentran “Es que somos muy pobres” y “Luvina”, mi favorito personal, en los cuales la naturaleza se desata. Aquí el ambiente juega un papel mucho más prominente que en los episodios de prosa revolucionaria. Quien dude la importancia del lugar a la hora de hacer literatura debería darle un repaso a estas dos obras, en donde los ríos no se desbordan, sino que suben por la calle principal, y el viento no sopla —rasca las paredes como si tuviera uñas. Ese “como” es esencial para la caracterización del ambiente en El llano en llamas: el símil es la figura retórica favorita de Rulfo, pero, aunque es una figura simple y conocida por todos, él la usa con maestría, creando personificaciones de la naturaleza que demuestran el estado mental de los personajes, un marasmo negro en el que todo —el sol, la lluvia, la tierra— conspira para su perdición.

Al final, como un todo, el adjetivo que más se acomoda a El llano en llamas es ‘perturbador’. Incluso en los cuentos más cercanos a los novelistas de la revolución, la colección tiene éxito al infundir en el lector un pesado manto de incomodidad, pues en sus páginas la muerte se esconde a cada esquina, ya sea la muerte del plomo o la otra, la más lenta, la del hombre que está allí, respirando, pero a nadie importa. Se le lea como obra aislada o como ancestro de Pedro Páramo, El llano… resulta una lectura iluminadora, capaz como pocas de revelarle al mexicano la cantidad ingente de poesía melancólica que su tierra trae en las entrañas, su potencial para narrativas que traspasen el cliché —ese del mexicanito flojo, parrandero y violento—, logrando usarlo por momentos, sí, pero en camino a otra cosa: la puesta en escena del núcleo emocional de nuestra tierra, esa profunda y agria decepción de todos los días, esa piedra en el estómago, la sensación de que las sendas han sido predeterminadas por alguien o algo que se esconde arriba, o abajo, lejos de nuestro alcance, y que está empecinado en tratarnos del carajo.

Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva para engañar al hambre. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.
—¿No oyen ese viento? —les acabé por decir—. Él acabará con ustedes.
—Dura lo que debe durar. Es el mandato de Dios —me contestaron—.

Múltiples ediciones y precios.

Para completar:
Octavio Paz - El laberinto de la soledad
Carson McCullers - La balada del café triste
Flannery O'Connor - A Good Man Is Hard to Find
Mariano Azuela - Los de abajo
 

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